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miércoles, 9 de mayo de 2018

MARX: A 200 AÑOS DEL MITO






















POR LA ESPIRAL
                            Claudia Luna Palencia
@claudialunapale




-Marx: a 200 años del mito




            Se ha cumplido el bicentenario del viejo barbón que cimbró a la economía política y desafió al sistema imperante de su época con su persistente curiosidad acerca del mecanismo embrionario de incubación del sistema capitalista y la deconstrucción –casi filosófica- de cómo el patrón se enriquece a costa de la explotación del trabajador.

            Si Platón en cierto sentido es el albacea del alma inmortal, el polifacético Karl Marx es el patriarca  de la plusvalía entendida ésta como una expropiación intangible que el empresario ejerce sobre del trabajador durante el proceso productivo.

            El alma del capitalismo reside por ende en dicha expropiación “de ese algo” que deja el obrero en la producción de cada mercancía y que no le es retribuido pecuniariamente y permite lubricar el enriquecimiento del patrón.

            Para muchos economistas, El Capital  es una obra de necesaria lectura, algunos cursos agotan –dependiendo de la orientación ideológica de la universidad- la lectura de los tres tomos; en otros, les basta con introducir a sus alumnos,  tan sólo al primer tomo basado en “el proceso de  producción del capital”.

            Ya sea en historia económica o bien en economía política, sin duda Marx está obligadamente presente en el aprendizaje de los alumnos de ciencias económicas; yo en lo personal recuerdo exámenes orales en los que prácticamente tenía que recitar  los párrafos del tomo I.

     A Marx, escritor, periodista, abogado, filósofo y economista, se le ha satanizado las más de las veces o bien elevado a los altares quedando al arbitrio de  los diversos grupos que pretenden acceder al poder.

            Prácticamente su nombre está cosido al comunismo es un silogismo en la que una premisa subyace unida con la otra, si bien a Marx debería analizársele por su valiente crítica al incipiente capitalismo imperante del momento en Reino Unido; la naciente Primera Revolución Industrial.

            Este brillante pensador nacido en  Tréveris, Alemania el 5 de mayo de 1818 observó su entorno: el capitalismo que no había cuajado rápidamente en su país natal había detonado en la campiña británica y en la urbe industrial inglesa; ante sus ojos iba gestándose un engendro revolucionario de las relaciones económicas y productivas.

            La introducción de la máquina de vapor  desplazando ferozmente a la mano de obra; los costos unitarios como obsesión en el nuevo modelo de competencia empresarial en el que la producción a escala y el consumo emergieron como el gran anatema  ante una nueva división de clases sociales.

            En buena parte de su obra se habla de ese proceso de acumulación y destrucción del capital, la dialéctica del materialismo analizada como una espiral  de procesos en constante repetición; ciclos históricos que el ser humano con su capacidad de raciocino debería prever.
A COLACIÓN
            Marx ya había bebido de la fuente de la Ilustración francesa, de las ideas de Montesquieu, Diderot, Rousseau, Voltaire y otros destacados que formaron parte de “los enciclopedistas”; muchas de sus ideas en pro de la igualdad, la libertad o la democracia  han corrido la misma suerte que las ideas marxistas.

            Han pasado del reino de la metafísica y han caído en las manos maniqueas de quienes las han distorsionado, exacerbado e incluso desenvainado un arma en su nombre: el Régimen del Terror en Francia utilizó  a su conveniencia muchas de las ideas más puras y estelares de la Ilustración.

            La Ilustración hablaba de equidad social, división de poderes y democracia… no de cortar cabezas; Marx escribió de equidad social, igualdad laboral, defensa de las clases trabajadoras explotadas por los empresarios… no de instaurar dictaduras asesinas, represoras y  aniquilantes de las libertades civiles, humanas, y forjadoras de una gran masa de lumpenproletarios.

El cielo era apropiarse de los medios de producción para distribuirse la riqueza generada, recuperar para sí mismos esa plusvalía expropiada; no terminar todos  miserables, subyugados por una oligarquía en el poder, ociosos e incapacitados de superarse económicamente hablando ante una absurda abolición de la competencia.

     Marx está muerto… y dos siglos después el capitalismo no.  Muy a pesar de sus altibajos, esa dialéctica intrínseca no le ha impedido pasar varias fases hasta la actual: el capitalismo en la era digital y la inteligencia artificial.

    Estamos (como Marx lo estuvo en su momento histórico) viendo al engendro reavivarse en la Cuarta Revolución Industrial que amenaza además con extinguir muchos oficios, muchas profesiones y realizar otra división del trabajo con su consecuente especialización. Está muerto el pensador, pero no sus ideas, habrá que releerlas –sin el manoseo político en el poder- en medio de esta vorágine necesitada de urgentes equilibrios socioeconómicos.
Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales

           













viernes, 16 de marzo de 2018

LECCIONES DEL SOCIALISMO DE MERCADO


















POR LA ESPIRAL
                           Claudia Luna Palencia
@claudialunapale




-Lecciones del socialismo de mercado


Desde hace tres quinquenios se habla del sui generis modelo económico del gigante asiático catalogándolo de “socialismo de mercado”, “socialismo neoliberal” o bien “economía de mercado socialista” que no es otra cosa más que un modelo mixto en el que los grandes sectores industriales medulares continúan en control estatal, con planificación quinquenal,  empero el Estado ha dejado ciertas áreas de la economía al arbitrio de la mano invisible.

Aunque hay autores como el francés Maurice Duverger que ya en 1964 aventuraban –o imaginaban- una especie de “socialismo menos violento que al mismo tiempo desarrollase algunas  libertades políticas y constituyese una primera etapa hacia un socialismo democrático”, según se recoge en su imprescindible manual de “Introducción a la política”.

Para el actual gobernante del dragón asiático, el presidente Xi Jinping  es momento crucial –dadas las condiciones geopolíticas y geoeconómicas- de ejecutar una serie de reformas, acciones y decisiones que consoliden a su país en la órbita del liderazgo merecida para una nación que es eje del comercio global, imán para las inversiones privadas y que cuenta con una demografía –de 1 mil 379 millones de habitantes- con una clase media en expansión, que según el Informe Mckinsey, para 2022 “más del 75% de los consumidores chinos ganarán un mínimo de 9 mil dólares anuales”.

The Economist en un informe elaborado por su Unidad de Inteligencia  basado en el estudio de 300 ciudades chinas recoge que “el consumo privado crecerá  una media anual  del 5.5% hasta el 2030”, ello significa que aproximadamente “480 millones de personas,  el 35% de  la población china, serán parte de la clase media”.

“Hay que modernizar la estructura del país, prepararla para los nuevos tiempos para que pueda hacer frente a los desafíos del entorno”, declaró  Jinping en tono entusiasta previo a la votación de la ANP.

Pero, ¿quiénes participaron? En una asamblea de tres mil legisladores-delegados, únicamente 39 votaron en contra y 3 se abstuvieron de legitimar lo que una mayoría  de medios comunicación aquí en Europa han calificado de “entronización de un nuevo emperador” y de “agudo retroceso histórico”.

A continuación se resumen las modificaciones constitucionales, un total de 21 enmiendas a la Carta Magna puesta en vigor en 1982 y que contienen varias aristas modernizadoras, antiburocráticas, anticorrupción; además  permite al presidente y vicepresidente quedarse en el poder indefinidamente tras eliminar las trabas a la reelección (dos períodos consecutivos, cada uno por cinco años como máximo); de esta forma Jinping, de 65 años, llegará al 2023 listo para seguir gobernando si la salud se lo permite.

   Otros cambios torales: creación de una Comisión Nacional de Supervisión (para continuar con la limpieza en el sector público y en el sistema privado de personas corruptas); el Partido Comunista queda como un nuevo monolito mega reforzado dentro de la supraestructura china.

     Asimismo fueron aprobadas transformaciones en 11 de los 25 ministerios del régimen, dos serán nuevos: el de Asuntos de Veteranos y Atención de Emergencias; desaparecerá el ministerio de Supervisión pero a cambio se formará la Comisión Nacional de Supervisión; serán fusionadas las dos comisiones reguladoras de bancos y seguros;  se otorga mayores competencias al ministerio de Ciencia y Tecnología; principalmente quedarán desmanteladas ocho de las múltiples administraciones estatales.

Los cambios son y serán trascendentales, Jinping tiene en mente el largo plazo, como un estadista visionario pretende llegar al centenario de la fundación del PCCh  (2021) con su economía convertida en la más potente  y sólida del mundo; y arribar al 2049, fecha de los festejos por los cien años de la República Popular China, con la Nueva Ruta de la Seda vertebrada a todo el  mundo y con un país rejuvenecido.        
A COLACIÓN
      Hace unos días, el periódico South China Morning Post, advirtió en sendos editoriales de la “nueva monarquía” naciente en Beijing respaldada por una casta de incondicionales.

        En sentido más apocalíptico, el británico The Guardian afirmó que la nueva concentración de poderío en una sola figura y con el  Partido Comunista por encima de todo “podría terminar destruyendo a China”.

Tampoco se ignora que China lubrica cuestionamientos en axiomas relacionados con la política, las libertades y el mundo de la economía y muy seguramente, el hecho de que refrende su vocación socialista, le dará alas a muchos otros grupos, en otros países, que pretenderán emularlo.

      Nuevo emperador o no, autócrata reinventado o no… lo cierto es que los desafíos en manos de Jinping no son nimios: a los apremios internos demográficos, de políticas públicas y consolidación de objetivos del Estado aunados a la presión social en pro de una auténtica libertad de expresión y de aceptación de culto a otras religiones (el Vaticano intenta normalizar la situación de sus sacerdotes católicos) están las crecientes presiones internacionales a las que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, viene constantemente emplazando a su homólogo chino ya sea por Siria, hasta su relación con Corea del Norte, el cambio climático, los escudos antimisiles; el rol regional chino en islas y  mares asiáticos y lo más reciente: la inminente guerra comercial con Washington… con todo eso, ¿a alguien le apetece gobernar de por vida?
Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales

           





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Vamos para Santander a la presentación de mi novela #ElClubDeLaNaftalina que tan buena acogida está teniendo en España; ya estuvimos en ...